No siempre supe que las redes sociales eran el problema.
Durante mucho tiempo pensé que simplemente era así — que me costaba concentrarme, que cualquier proyecto que empezaba se quedaba a medias, que sentarme más de una hora sin distraerme era casi imposible. Llegué a pensar que tenía TDA.
Todo cambió cuando empecé a interesarme de verdad por el emprendimiento. Quería construir cosas, terminar proyectos, llevar una vida con foco fuera de la pantalla — y ahí fue cuando el patrón se hizo imposible de ignorar. No era que no pudiera concentrarme en general. Era que, en cuanto intentaba sostener la atención en algo real, mi cabeza pedía a gritos volver al móvil.
Fui a hablar con una profesional, esperando entender qué me pasaba. Lo que me explicó no fue lo que esperaba: el uso excesivo de redes sociales y de vídeos en formato vertical entrena al cerebro a acostumbrarse a periodos de concentración cada vez más cortos — y con el tiempo, lo va haciendo menos capaz de sostener la atención en cualquier cosa que no dé una recompensa inmediata.
No tenía TDA. Tenía un cerebro reentrenado por años de scroll infinito.
Así nació REWRD — no como una idea de negocio que buscaba un problema que resolver, sino como la solución que yo mismo necesitaba y no encontraba en ningún sitio: una forma de recuperar la capacidad de concentrarme, sustituyendo el impulso de hacer scroll por algo que de verdad entrena tu cerebro en la dirección contraria. Si a mí me pasó sin que me diera cuenta durante años, sospecho que no soy el único.